La historia de Cristina, una paciente de alzhéimer

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      Cristina, una paciente de alzhéimer, ha protagonizado esta mañana, en la presentación del vídeo No nos olvides, organizado por la Federación de Asociaciones de Familiares de Enfermos de Alzheimer (FAFAL), una intervención reveladora sobre esta enfermedad.

      Tras pedir disculpas por llevar su discurso en papel como ayuda “antes de que el alzhéimer, o el maldito alemán, apareciera en mi vida no se me hubiese ocurrido venir con chuletas, pero hoy por hoy no quiero olvidar la mitad del discurso que tengo preparado”, ha comenzado su relato.

      Ha recordado primero algunas anécdotas su madre, que también padeció la enfermedad de Alzheimer: desde encontrársela repartiendo todo su dinero a los mendigos en la plaza del pueblo, hasta no reconocer a su hija (ella).

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      Pero aquello que sufría su madre no tuvo nombre hasta que en 1987, Rita Hayworth murió de alzhéimer. Por primera vez, tras años de neurólogos, pudieron ponerle nombre a lo que tenía, comentaba entera, una enfermedad sin cura y en la que sólo vivirían y verían el declive de sus capacidades. Años después del fallecimiento de su madre, Cristina detectó en sí misma síntomas que había presentado su madre y, tras visitar al médico, el dictamen llegó con el mismo nombre. También ha comentado que, a pesar de la delicadeza del neurólogo para comunicarle el diagnóstico, no pudo evitar llorar, pero que sería su última vez.

      Desde entonces se amarró a los refranes, sobre todo a ese que dice "al mal tiempo buena cara” y aún sabiendo lo duro que sería aceptar y asumir aquella evolución que había visto en su madre, ella contaba con saber qué era lo que tenía, contaba con medicamentos y tenía que luchar por sus hijos, marido y amigos. Decidió vivir su vida día a día e ir adaptándose a las limitaciones.

      Un aspecto importante que ha transmitido Cristina es que si eres capaz de mantener tus actividades, de seguir sonriendo, de seguir leyendo aunque tengas que releer algunos pasajes, etc. conseguirás ser feliz.

      Ha terminado su intervención con esta frase “estoy dispuesta a ser feliz, se ponga como se ponga el maldito alemán” y dejándonos con la siguiente reflexión:

      ¿Por qué le llaman a la imaginación la loca de la casa?, ¿no sería mejor llamárselo a la memoria?

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